lunes, 29 de agosto de 2016

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Una infancia condenada

28 de agosto de 2016, Las Provincias – (Paloma Cerverón)


Asociaciones de voluntarios realizan salidas semanales para que los menores puedan tener acceso a un ambiente normalizado 16 niños comparten celda con sus madres en Picassent (Valencia) hasta que cumplan tres años

Los ojos abiertos de Martina están llenos de fascinación. Millones de estímulos le invaden sin control; nuevas caras, nuevos colores y hasta animales contempla en ese grandioso parque. Es la primera vez que ve más allá de los muros del centro penitenciario de Picassent, pues desde que nació la cárcel ha sido su único hogar.


Dieciséis niños menores comparten celda con sus madres en la unidad de madres de la prisión de Picassent, la única de la Comunitat con este módulo. Son niños de corta edad, de entre 0 y 3 años, y salta a la vista que ellos no son culpables de nada pese a que sus primeros pasos los dan entre las paredes de la celda.

No obstante, es indiscutible la importancia de que estos niños menores de tres años permanezcan junto a su madre biológica, pues es a estas edades tan tempranas cuando más fuerte puede establecerse el vínculo de unión entre madre e hijo.

Los pequeños cuentan con escuelas infantiles en las que trabajan educadores, pediatras, pedagogos, psicólogos y trabajadores sociales. Estas escuelas persiguen el mismo fin educativo que cualquier escuela ordinaria, pero educan otorgándole cierta importancia a aspectos que normalmente no son relevantes en el exterior del centro penitenciario, como por ejemplo acciones tan normales y rutinarias como cerrar las puertas o encender las luces.

Asociaciones

La rutina carcelería no facilita el proceso de aprendizaje de los niños, por lo que asociaciones como Horizontes Abiertos o Cruz Roja prestan desinteresadamente su ayuda para que estos menores puedan experimentar sensaciones más allá de las celdas de 9 metros cuadrados.
Desde la ventana del autobús Martina observa atónita el paisaje. Es una de las primeras veces que sale de prisión. Una joven voluntaria le ayuda a bajar los escalones del vehículo y la monta en un carrito. Empieza a moverse y Martina cruza semáforos, tropieza con viandantes y observa asombrada los edificios más altos.

La Asociación Horizontes Abiertos, presente en Madrid, Sevilla y Valencia, tiene como objetivo que los niños «tengan acceso todos los días a una vida normal». La presencia de está asociación en Valencia es baja, pues cuenta con pocos voluntarios, por lo que las salidas se limitan al fin de semana. Las jornadas, que comienzan a las 9 horas y finalizan a las 18 horas, permiten que los niños disfruten de un ambiente ordinario que estimule su desarrollo. Cada semana los voluntarios planifican la salida y los llevan a un lugar diferente: piscinas, parques naturales, ludotecas, zoos, etc.
Además, también ofrecen cursos de costura, baile y pulseras para las madres, pues afirman que la finalidad es «dar apoyo a estas mujeres y prepararlas para que, una vez salgan de la prisión, puedan reinsertarse en la sociedad».
El carrito para en la puerta de una ludoteca. Dentro le esperan cantidad de niños corriendo por el pasillo celebrando el cumpleaños de otro. A Martina le pintan la cara de princesa y le dan de comer. A juzgar por su expresión le gusta lo que come, pues seguramente resulte más apetecible que el menú que le sirven en prisión.

Horizontes Abiertos también organiza campamentos de verano para los niños y madres presas. Este año, la localidad de Benicàssim ha acogido por sexto año consecutivo a nueve internas en tercer grado y dieciséis niños de entre cuatro y seis años.

Asimismo, en la iniciativa colaboran 24 voluntarios, «de los que la mayoría repiten la experiencia y algunas de ellas cumplen funciones como madres de los niños que acuden solos», señaló la asociación.

Unidades externas

La normativa legal plasmada en el Art. 38 de la Ley Orgánica Penitenciaria permite que los niños de madres presas puedan vivir con ellas hasta que cumplan los tres años de edad. Educadores coinciden en que no es hasta el año y medio o los dos años, cuando los niños comienzan a ser conscientes de la situación.

Como respuesta, en 2005 se aprobó la creación de cinco unidades externas de madres en diferentes comunidades españolas. Hasta el momento, solo Palma de Mallorca, Madrid y Sevilla poseen una unidad de este tipo en funcionamiento, mientras que la iniciativa en Alicante y Tenerife sigue a la espera de ponerse en marcha.

Las unidades externas de madres son edificios con aspecto radicalmente distinto a la celda habitual del centro penitenciario. Según la secretaria general de instituciones penitenciarias, estas estructuras se construyeron para «crear un ambiente adecuado para que los niños puedan desarrollarse emocional y educativamente durante el tiempo que tengan que permanecer en el centro, a la vez que se favorece la reinserción social las madres». Con estas unidades, muchos de los problemas derivados de las condiciones propias de las cárceles como humedades o frío quedan postergados en beneficio de los menores.

Tras hacer la siesta en las instalaciones de la asociación, Martina vuelve al autobús que le devolverá a su hogar. La pequeña seguirá jugando entre las rejas de la celda hasta que cumpla los tres años y la separen irremediablemente del regazo de su madre.