martes, 23 de agosto de 2016

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La vida entre rejas

22 de agosto de 2016
EL MUNDO.ES- (MARÍA ZUIL; BÁRBARA LIBÓRIO).-

Niños en prisión: una condena invisible

Era la primera vez que Verónica paseaba con su hija más allá de los barrotes de una prisión. Iban de la mano por Granada, disfrutando de la recién retomada libertad, cuando un motor rugió a su lado. La niña de dos años trepó asustada hasta los brazos de su madre; nunca antes había visto una moto. La hija de Teresa (nombre supuesto) se quedó asombrada por un árbol en su primer paseo por Madrid; nunca había visto algo tan verde y tan alto. La de Rosa (nombre supuesto) se paraba a saludar a los transeúntes de las calles de Pamplona y se sorprendía a cada paso de que el recorrido no acabase, de que ningún muro detuviese el camino que andaba con su madre; nunca había paseado tanto.
Las historias varían en el tiempo y el lugar, pero todas tienen un punto en común: cada una de estas mujeres vivió con sus hijas en un módulo de madres de un centro penitenciario. La Ley 13/1995 de 18 de diciembre permite a las madres con una condena de prisión tener a sus hijos consigo hasta que estos cumplen tres años. Para ello existen tres modelos, pero debido a su grado penitenciario muchas reclusas sólo pueden acceder a los módulos de las cárceles comunes, la alternativa que más afecta al menor.

El ritmo de la cárcel

La rutina dentro de un módulo penitenciario para madres está condicionada por el ritmo de la prisión, aunque las actividades que realizan cada día dependen de la edad del menor. Según explica el subdirector de Tratamiento de la cárcel de Aranjuez (Madrid), si el bebé tiene menos de seis meses permanecerá todo el día junto a su madre. Pasado ese tiempo acudirá por las mañanas a una guardería dentro del centro penitenciario. Cuando cumpla un año, si el centro dispone de convenios, irá a una guardería externa. Mientras, la madre podrá acudir a alguno de los talleres que se realizan en prisión y, después de comer y echarse la siesta, pasarán la tarde juntos. El esquema sólo se rompe algunos fines de semana, cuando los menores pueden salir al exterior con un familiar o un miembro de una ONG.
En el día a día, los protocolos y funcionamientos del centro se insertan en la normalidad de los menores: el trato dispar con los funcionarios de prisiones, los inevitables recuentos, los cacheos puntuales.
Desde Instituciones Penitencias explican que los registros a las celdas se realizan porque las madres también introducen objetos prohibidos, pero aseguran que se hacen siempre en presencia de la interna y cuando los menores no están presentes. Mariana, de origen portugués e interna hasta el pasado abril en la cárcel de Alcalá de Guadaira, asegura haber vivido los registros a las habitaciones con su hija mientras intentaba que ésta no se percatase de lo que pasaba realmente. "Se intentan hacer cuando los niños no están delante, pero a veces sí estaban", afirma. "Le decía que estaban comprobando si la ropa estaba lavada, si olía bien, y la distraía para que no se diera cuenta".
En algunos centros también se cachea a los menores cuando vuelven de una visita. Según el subdirector de Tratamiento de Aranjuez, estos registros se realizan porque en ocasiones las madres introducen elementos no permitidos en los pañales. La socióloga María José Gea, autora del libro, Una condena compartida (2014), pone en duda la legitimidad de los cacheos: "Hay cuestiones de seguridad que vulneran el derecho de los niños. Hablando con funcionarias de prisiones una me cuestionaba qué derecho tenía a cachear a un niño que no está penado por ley". (…)